Mi suegra






Hola a todos. Me llamo José Luis, tengo 28 años y estoy casado con Helena. Vivimos a pasos de mis suegros y, aunque quiero mucho a mi esposa, tengo que ser sincero: mi suegra, Eva, es una mujer que parece haber hecho un pacto con el diablo. A sus años, conserva una vitalidad y una figura que dejarían muda a cualquier piba de veinte. Es de esas mujeres que saben vestir con clase pero con un toque de seducción que se te mete por los ojos. Tiene tatuajes estratégicos en la espalda y el tobillo, y unos ojos verde oscuro que parecen leerte el pensamiento.

Desde que era el novio de su hija, sentí que entre Eva y yo había una electricidad diferente. Eran miradas que duraban un segundo más de lo debido, sonrisas cómplices que Helena no llegaba a captar. Yo siempre la elogiaba por cómo se mantenía, y ella recibía mis halagos con una satisfacción que me encendía.

El quiebre fue un día de playa. Eva salió del vestidor con un bikini audaz, que resaltaba su figura firme y ese tatuaje que tanto me intrigaba. Mi suegro, un hombre más bien chapado a la antigua, le puso mala cara, pero yo salté a defenderla: "Dejala, suegro, tenés que estar orgulloso de la mujer que tenés al lado". Ella me miró con un brillo de gratitud que lo dijo todo.

Nos metimos al mar los tres: Helena, Eva y yo. Al rato, mi esposa se fue a tomar sol y nos quedamos solos en el agua. Eva me confesó que no sabía nadar bien, así que, con la excusa de cuidarla, la llevé a lo profundo. De repente, una ola un poco más fuerte la asustó y se me trepó encima. Sus piernas se cruzaron en mi cintura y sus brazos rodearon mi cuello. El contacto de nuestras pieles mojadas bajo el sol fue un shock eléctrico.

Para mantenernos a flote, yo tenía que mover las piernas con fuerza, y ese movimiento generó una fricción constante entre nuestras pelvis que se volvió insoportable. Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba y supe, por la forma en que ella me apretaba y cerraba los ojos, que Eva estaba sintiendo lo mismo. "Ay, Dios santo", murmuró ella contra mi oído, con la voz entrecortada.

Aumenté el ritmo de mis movimientos, simulando una danza íntima en el anonimato del mar, protegidos por el agua que todo lo tapa. Eva soltó un gemido bajito, de esos que nacen del alma, y apoyó su cabeza en mi hombro. Cuando finalmente volvimos a donde hacíamos pie, ella estaba mareada, pero no por el agua, sino por el clímax secreto que acabábamos de compartir frente a toda la playa.

Ese fue el inicio. Lo que siguió después, un fin de semana que nos quedamos solos en casa, superó cualquier fantasía que yo hubiera escrito en mi mente. Pero esa es una historia que merece ser contada con más tiempo.

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