La fiesta de disfraces

Hola a todos. Hay noches que parecen diseñadas por el destino para romper todas nuestras reglas. Con mi marido nos invitaron a una fiesta de disfraces en una estancia imponente en las afueras de Mendoza. Tardamos diez días en encontrar los atuendos perfectos: él sería un Fauno antiguo, con una máscara llena de malicia y cuernos imponentes; yo, una Campanita con un vestido que me calzaba como una segunda piel.

El plan era encontrarnos directamente en la fiesta. Al llegar, nos pidieron dejar celulares y pertenencias en custodia, así que entré al evento sola, sumergiéndome en la magia del lugar. Tras una copa de vino, me alejé hacia una arboleda inmensa que parecía un cuadro vivo bajo la luna. Allí lo vi: el Fauno, firme y expectante. Mi corazón saltó; estaba segura de que era mi esposo. Inicié un juego de seducción, una huida fingida entre los árboles gritando: "¡Auxilio, un fauno me quiere cautivar!".

Él captó el juego y me alcanzó. En la penumbra de los troncos, nos entregamos a una danza de pasión que sentí más intensa que nunca. Lo sentía "diferente", más envolvente, más imponente en su presencia. "Qué grandioso te sentís hoy, mi amor", gemí, convencida de que la máscara había liberado una faceta oculta de mi marido. Tras un encuentro que me dejó sin aliento, nos separamos con la promesa de vernos más tarde en la pista.

Diez minutos después, regresé a la fiesta y escuché una voz detrás de mí: "Hola, mi cielo". Me giré para abrazar a mi fauno, pero me quedé petrificada. Mi marido estaba vestido de smoking, impecable como James Bond. Me explicó que el disfraz se había roto a último momento y tuvo que improvisar. El mundo se me vino abajo. ¿Quién era entonces el ser que me había envuelto en la arboleda?

Confusa y con las piernas temblando, mis pasos me llevaron de nuevo al refugio de los árboles. La duda me quemaba, pero antes de que pudiera razonar, sentí su respiración en mi nuca. El Fauno estaba ahí de nuevo. No hubo palabras, solo una entrega total a lo desconocido. Me dejé llevar por esa danza prohibida una y otra vez, perdiendo la noción del tiempo y de la identidad.

A las seis de la mañana, mientras volvíamos a casa, yo apenas recordaba mi nombre. Mi marido me hablaba de la fiesta, ajeno a que en esa arboleda de Mendoza, yo había descubierto que bajo una máscara, el deseo no entiende de nombres, solo de sensaciones.

¿Querés saber qué pasó cuando, días después, recibí un mensaje anónimo con una foto de esa máscara de Fauno?

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