El masaje de mi suegro



Hola a todos. Hay fines de semana que nacen para ser olvidados y otros que se graban a fuego en la piel. Este fue uno de esos. Todo empezó con una invitación para pasar unos días en una estancia de campo; un refugio de sol, aire puro y noches tan estrelladas que parecen de mentira.

Llegamos un viernes a la tarde. Después de una cena tranquila, mi suegra se llevó a mi esposo a la ciudad cercana por un trámite, dejándome sola en la paz de la casa. El sol estaba en su punto justo, así que no lo dudé: me puse un bikini nuevo, uno de esos que son apenas un susurro de tela, hilos finos que dejan que el sol bese cada curva de mi figura. Me tiré cerca de la piscina, entregada al silencio, pensando que era la única dueña de ese paraíso.

Pero me olvidé de Ernesto, mi suegro. Un hombre de campo, de pocas palabras pero de esas miradas que te desnudan el alma antes de que te des cuenta. Yo ya sabía que bajo esa fachada seria había un fuego oculto; lo había descubierto meses atrás en un descuido de ellos.

De repente, una sombra me tapó el sol. Abrí los ojos y ahí estaba él, con dos cubas libres en la mano y una zunga que dejaba poco a la imaginación, revelando una presencia masculina que me dejó sin aliento. Acepté el trago, pero mis ojos me traicionaron: se perdieron en su figura. La charla empezó siendo de bueyes perdidos, pero la tensión eléctrica se podía cortar con un cuchillo. Con una voz que sonaba a promesa prohibida, sugirió que me quitara el bikini para que el bronceador no manchara la tela. Y lo hice. Me quedé ahí, como una ofrenda al sol, sintiendo su mirada como una caricia de fuego.

Empecé a pasarme la crema, moviéndome con una sensualidad que yo misma no conocía, sabiendo que él no se perdía ni un detalle. Ernesto se acercó y se ofreció a ayudarme con la espalda. Sus manos, toscas y curtidas por los años, empezaron a recorrer mi piel. Cada toque era un susurro de deseo. Sus dedos se aventuraron más allá de lo permitido, explorando territorios que el sol todavía no había iluminado.

La humedad del ambiente se mezcló con la de mi propio cuerpo. Siguiendo su ritmo, me entregué a una danza ancestral bajo el cielo abierto. Fue un encuentro de una intensidad salvaje, donde mis gemidos se perdieron en el viento del campo. Él me guió con una maestría que me hizo descubrir sensaciones que mi marido, en su juventud, todavía no había aprendido a despertar. Fue un clímax que resonó en el aire cálido, una unión que dejó una marca invisible pero imborrable en mi memoria.

Al rato, el sol me encontró todavía recuperando el aliento, desnuda y flotando en una neblina de placer. Una palmada suave me trajo de vuelta a la realidad. Era mi esposo que volvía de la ciudad. Con mi bikini en la mano, me susurró al oído: "Ponete esto, negra, mirá si aparecen mis viejos y se armá un escándalo por verte así". Si él supiera que el escándalo ya había pasado y que el campo ahora guardaba nuestro secreto más oscuro...

¿Querés saber cómo fue el resto del fin de semana y cómo hacíamos con Ernesto para sentarnos a la mesa esa misma noche como si nada hubiera pasado? Te espero para la historia completa y sin censura en nuestra web oficial: https://confesionessecretas.com

Comentarios

  1. Muy buen relato manda otro ricura saludos

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  2. haber besado la vagina de mi nuera y sentir su cuerpo , aun hoy me exita

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  3. Me gustó este relato espero seguir lehiendo más

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  4. Me gustan cada uno de estos relatos ojalá tuviese la oportunidad de vivir una experiencia parecida yo soy de Guatemala y viví aquí en la capital

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