MI primera infidelidad
Hola a todos. Me llamo Edith, tengo 40 años y vivo en el sur del conurbano bonaerense. Soy una mujer común: jeans, zapatillas y el pelo castaño. Durante 17 años fui la sombra de mi casa; la que cocina, la que lava, la que siempre está pero a la que nadie ve. Con mi marido, el tiempo transformó el amor en una rutina gris donde el sexo era apenas un trámite para volver a ser extraños.
Todo cambió con la llegada de Internet. En el viejo Messenger conocí a Tomás, un chico de 24 años que me devolvió la confianza. Después de meses de charlas que me encendían el alma, decidimos vernos. El punto de encuentro fue una estación de servicio cerca de la estación de Lanús, un sábado a la tarde. Para no levantar sospechas, fui con mi hijo y le dije a mi marido que íbamos de compras.
Al llegar, los nervios me carcomían, pero el beso en la mejilla de Tomás me ruborizó como a una adolescente. Caminamos por la avenida Pavón y, en un descuido, él me tomó de la cintura, despertando una electricidad que creía muerta. Ya en el auto, con el nene profundamente dormido atrás, me animé a lo impensable: me cambié de ropa en el asiento trasero, poniéndome ese conjunto atrevido que él me había sugerido.
Cuando volví al asiento del acompañante, Tomás se quedó sin aliento. Sus manos empezaron a explorar mis piernas, subiendo con una destreza que me hacía gemir en silencio. En una calle tranquila, se detuvo para devorarme con los ojos y las manos. Sentí su urgencia y mi propia humedad reclamando un protagonismo que mi matrimonio me negaba. Fue un juego de caricias y suspiros prohibidos mientras el auto se convertía en nuestro refugio secreto.
Al llegar a casa, aprovechando que mi hijo salió a jugar, la tensión estalló en el living. Entre llamadas de mi marido que yo atendía con el corazón en la boca, Tomás me hacía sentir más mujer que nunca. Sus manos recorrían mis curvas y su boca buscaba cada rincón de mi piel. Nos mudamos a la habitación y allí, sin más ropa que nuestros deseos, nos entregamos a una danza salvaje. Él me poseyó con una fuerza que superaba cualquier fantasía, convirtiéndome por una tarde en su prioridad absoluta.
Fue una cadena infinita de sensaciones. Al final, nos miramos en silencio, preguntándonos qué fuerza nos había unido. Esa noche, cuando mi marido regresó, acepté su cercanía pensando en Tomás, viviendo por fin una vida propia que nadie me iba a poder quitar.
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